Colombia: entre la muerte y la vida
27 diciembre 2012

Niños realizando una actividad cultural en el barrio de Lleras, Buenaventura. La inmensa mayoría de los habitantes de Buenaventura son negros. (David Lima Díaz SJ)
Mientras las lágrimas resbalaban por nuestras mejillas, don Mario, líder y poeta natural de la vereda La Gloria, se acercó para estrechar nuestras manos diciéndonos de manera contundente: "Los blancos no lloran por los negros". Esas palabras nos convertían en hermanos de esa comunidad.
Buenaventura, 27 de diciembre de 2012 – Primer día…29 de junio de 2008. Maravillosa tarde de domingo. Niños y niñas corren en todas las direcciones posibles por la cancha de fútbol y el espacio comunitario del Barrio San Francisco, en Buenaventura. Hombres y mujeres se preparan para celebrar la vida como comunidad con música, canciones y risas. No era para menos, se clausuraba un intenso proceso de formación, de intercambio de ideas, de identificación de caminos a seguir en medio de un entorno tan adverso. 

Buenaventura ha sido una región hostil, de altas temperaturas y una humedad sofocante. Su historia ha estado marcada por el olvido de los distintos poderes; sólo importa aquello que tenga que ver con el puerto como entrada y salida de mercancías. Desde los tiempos de la colonia, el puerto de Buenaventura ha sido la puerta de entrada del mundo hacia Colombia y la salida del país a la globalización. Una puerta construida con exclusiones y violencia estructural, con ese tipo de desarrollo que no tiene en cuenta la escala humana. 

Hoy Buenaventura es un lugar de luchas entre guerrillas, paramilitares, fuerza pública, caudillos políticos, empresarios y narcotraficantes; algunas veces antagonistas, otras aliados, pero la mayoría de las veces manipulados por actores externos.  Sin embargo, en los anales de la historia no oficial de Colombia, Buenaventura es el espacio donde renacen las comunidades negras. Un territorio ganado a pulso por hombres y mujeres negras que surcando extensos ríos construyeron espacios de vida en parcial armonía con la jungla, y trabajando en comunidad ganaron espacios al manglar para construir barrios enteros.  

Esa tarde se celebró la vida de las comunidades negras mientras se pactaba un acuerdo entre hermanos y hermanas que recogía la historia proyectada hacia el futuro dentro de los Planes de Acción, hojas de ruta de un pueblo renaciente. Pasé toda la tarde grabando la alegría reflejada en las mujeres que, vestidas con sus camisetas rosas, se sentían orgullosas lideresas de aquel proceso. Grabé también el talento de niños y niñas bailando luciendo los trajes típicos, y fui testigo de esa fuerza incontenible que representa el trabajo comunitario. Grabé rostros, sonrisas, movimientos rítmicos, aplausos, discursos. Nunca imaginé que estaba asistiendo a las últimas palabras públicas de doña Martha Cecilia "Chila", una mujer negra desplazada que había estado liderando este y otros muchos procesos comunitarios en el barrio San Francisco.  

Al caer la tarde, recibí una llamada angustiada de la directora de la organización que había posibilitado todo este proceso. Entrecortadas sus palabras, me anunciaba que Chila había sido asesinada minutos después de terminar la actividad cultural, en el mismo sitio. En la cancha de futbol yacía su cuerpo sin vida. La gente, paralizada por el miedo, no osaba acercarse. Yo mismo estaba recibiendo aquella noticia no muy lejos de ese lugar y sólo me atreví a realizar algunas llamadas a las autoridades y personas locales que pensé podrían realizar alguna gestión segura. La muerte regresaba al barrio San Francisco y a los otros sectores de Buenaventura, donde hasta esos días parecía que los asesinos estaban cediendo al poder pacífico de la comunidad. 

Segundo día… La capilla de los hermanos franciscanos, a pocos metros de donde Chila fue abatida por armas anónimas, recibía dos días después a familiares y amigos, a propios y extraños, para despedir a Martha Cecilia y también para compartir el dolor, la indignación. Entre los extraños estábamos tres desconcertados "paisas", como llaman aquí a quien no es negro, apenas reconocidos como los "jesuitas" y amigos en un proyecto común. 

La noche anterior la pasamos preparando un pequeño audiovisual que recogía algunas de las fotos y vídeos que aquella tarde de domingo registramos acaso pensando en otro tipo de celebración.  En un salón, tras el altar donde reposaba el cuerpo de Chila, junto a personas de diversas organizaciones acompañantes, discutíamos qué palabras usar, qué diríamos y quién, si era prudente enviar un mensaje claro en la perspectiva del respeto de los Derechos Humanos a través del video que habíamos preparado.  

En aquella capilla se encontraron la desesperanza, la indignación, el sinsentido, el misterio de la muerte, el dolor por la injusticia. Sin embargo tras ese cuerpo inerte en el fondo del altar podía reconocer desde mi perspectiva de fe un Cristo resucitado. Las personas negras no asisten a la muerte en silencio; se acompaña con música, ritmo, tambores, algarabía, licor: la vida y la muerte no son cosas distintas sino partes de la misma esencia. La muerte es parte de la vida misma. Con aquellos cantos, el penetrante retumbar de esos tambores, la cadencia de las poesías que allí regalaron a Chila, esa mezcla extraña de vida y muerte, mi corazón estalló en llanto. ¿Qué estaba haciendo yo exactamente en este lugar? ¿Por qué la vida me ponía frente a esta realidad? ¿Qué podía ofrecer yo a estas personas? ¿Cuál era la lección? En mi desolación, ¿qué me estaba diciendo Dios? Mientras las lágrimas resbalaban por nuestras mejillas, don Mario, líder y poeta natural de la vereda La Gloria, se acercó para estrechar nuestras manos diciéndonos de manera contundente: "Los blancos no lloran por los negros". Esas palabras nos convertían en hermanos de esa comunidad. Allí nació una amistad duradera. 

Tercer día… Meses después de esa tarde de domingo, gracias a la semilla de vida que germinó de esa muerte y a don Mario, hablábamos bajo un árbol del centro Matía Mulumba sobre las posibles acciones en las que podríamos concretar nuestra amistad.  Desde entonces han pasado muchas cosas en aquella relación: nosotros lo llamamos el proceso de la vereda la Gloria; ellos, la lucha de la vereda la Gloria.  El JRS Colombia ha estado acompañando desde 2009 el proceso de organización de la comunidad que habita el territorio de la vereda La Gloria, en Buenaventura, desde la perspectiva de la protección de los derechos de las comunidades negras y la prevención de futuros desplazamientos forzosos. El Plan de Acción, dentro del mismo proceso en el que Chila había participado, es un referente de plan de vida común. El riesgo que existe sobre el territorio persiste y cada día se levanta como un gigante que amenaza con aplastar sus procesos locales. 

Poco ha cambiado en la realidad. Sin embargo, ahí está "la Glorita", pequeña granja símbolo del trabajo colectivo entre la comunidad y algunas asociaciones, entre ellas el JRS, que ahora lleva la misma comunidad. Aquella tarde mientras asistíamos con un dolor profundo a la muerte de Chila, con la desesperanza que una muerte injusta produce, nos encontramos con la vida que renace del coraje nacido de la misma injusticia. La muerte no es eterna, la vida si lo es. Después de tres días el Jesús crucificado nos muestra la metáfora de la muerte, la metamorfosis a través de ésta y la victoria sobre ella.  

Esta y otras experiencias me ayudan a entender con claridad que el mensaje de la resurrección es actual y cotidiano en tantas y tantas familias obligadas a abandonar sus hogares para convertirse en desplazados y excluidos. La historia misma de la humanidad está marcada por la historia particular de pueblos que, forzados por las circunstancias, deben comenzar de nuevo en tierra ajena, en una cultura extraña y debiendo comunicar sus ideas y sentimientos en una lengua prestada. Es la fragilidad de nuestra historia representada en humanidades concretas que ven como la luz de la vida se apaga, el sol se oculta y llega la noche.  Sin embargo después de la noche llega el día y antes de llegar existe un milagro absolutamente hermoso lleno de color. Con cada nuevo día el sol aparece con todo su mensaje de vida. La muerte puede traer la vida a quienes sufren con la fortaleza que brinda el amor sincero y fraternal. En la muerte está la vida misma para aquel o aquella que así lo quiera ver y creer. 

- Luis Fernando Gómez Gutiérrez, responsable de advocacy del Servicio Jesuita a Refugiados en América Latina. Este artículo fue publicado en la última edición de Servir. Clique aquí para leer más.