Rezar con los Refugiados por la esperanza
01 febrero 2013

En Sudán del Sur, la fragilidad de la vida demuestra la importancia de la comunidad, Lobone, Sudán del Sur (Christian Fuchs/JRS).

El JRS trabaja en colaboración con el Boston College explorando nuestros valores esenciales.

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Roma, 1 de febrero de 2013 – Cuando viajábamos hacia Morobi, se me informó que Flabius, el catequista jefe de la aldea, había perdido una hija, que había sido enterrada el día anterior. "Probablemente no estará en el seminario, padre, porque tenía un gran dolor. Era el único hijo que le quedaba".

En la capilla de Morobi,  Flabius apareció y se sentó a mi izquierda. Es un hombre frágil y canoso de unos 50 años, pequeño de estatura, con un rostro dominado por unos enormes y brillantes ojos.

Más tarde, después del seminario, Flabius, que había permanecido sentado en silencio mientras comíamos, pidió decir unas palabras. Hablando en su lengua natal, el bari, dijo algo parecido a esto:

"No tengo mucho que decir, hermanos, hermanas, padre. Esta última semana he sufrido mucho por la muerte de mi última hija; ahora estoy solo sin nadie que me ayude, excepto ustedes, por lo que les estoy agradecido".

Nos sentamos en silencio durante un largo rato, dejando que la lluvia de sus palabras permease en la tierra de nuestros corazones. Y mirándonos a todos concluyó:

"No tengo nada más que decir. Rueguen por mí. Gracias".

Fue desgarrador. Flabius sabía que todos compartían su dolor.

Estaba siendo testigo del Cuerpo de Cristo que sufría e impartía el ministerio a la vez.

Reflexiones para la oración
Cuando las personas sufren un gran dolor corren el riesgo de aislarse, de convertirse en prisioneros de su propio trauma, de quedar excluidos por aquellos que temen compartir su suerte, incapaces de comunicarse, a pesar de que desean experimentar y oír que hay vida más allá del dolor. Esos son momentos en los que necesitamos que los demás entren en nuestro espacio y nos digan que hay buenas razones para que nos liberemos de las trampas del trauma.

La verdadera puerta de salida es ese primer paso para salir de la tentación del aislamiento y la autocompasión, no sólo para aquellos que sufren la exclusión, sino para todos nosotros. Dichosos los constructores de comunidad que se atreven a proclamar, exigir y practicar este "salir del aislamiento", que confían en que la respuesta a nuestro sufrimiento llega a través de la presencia y la fuerza de los demás, de quienes nos rodean y nos quitan el velo de nuestros ojos.

La autoridad de Jesús de Nazaret y su impacto en la gente descansaba, en gran medida, imagino, en su capacidad para forjar amistades, su práctica en la construcción de la comunidad a través del desaislamiento, al compartir su destino.

La autoridad de Jesús surge no sólo de las palabras y acciones a través de las cuales restaura nuestras comunidades abriéndolas a aquellos que tan fácilmente son excluidos, sino también de la proclamación de un sueño, el Reino de Dios, que a Él le gustaba comparar con un banquete que todos juntos disfrutamos. Parece un sueño imposible, un horizonte que nunca se alcanzará, pero la fe de Jesús en un Dios que llegará de más allá del horizonte y lo hará realidad, es contagiosa.


Lectura sugerida para la Oración
La fe es la garantía de los bienes que se esperan, la plena certeza de las realidades que no se ven. (Hebreos 11,1)