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Rezando con los refugiados en Filipinas
01 octubre 2012

Reunión con los desplazados internos en Kalumamis. "Lo único que nos hace falta aquí en el sur de Filipinas es una paz duradera. Si la conseguimos, dejad que nosotros asumamos el resto de las necesidades, nosotros nos encargaremos. No queremos ser dependientes de la ayuda", dijo el jefe de la aldea. (Servicio Jesuita para los Refugiados)
Guindulungan, 1 de octubre 1, 2012 - El sur de Filipinas ha quedado devastado por la violencia política desde 2008. El Servicio Jesuita a Refugiados apoya a los desplazados internos para que puedan ser autosuficientes, y gestiona programas para fortalecer la construcción de la paz entre las comunidades y en los municipios de Guindulungan y Datu Piang.

Durante su visita al centro de recepción de Tambungan para personas desplazadas, el jefe del barangay local, o jefe del pueblo, presidió nuestro encuentro con las personas que habían huido de los combates.

El jefe del barangay de la ciudad de Kalumamis, un hombre al que le faltaba un brazo, nos dijo que estaba preocupado por la dificultad de los desplazados internos de poner un plato de comida en la mesa. La disminución de la ayuda humanitaria y el actual conflicto plantean un grave desafío al sustento de las familias. Él entiende que la única solución real es poner fin a la violencia.

"Lo único que nos hace falta aquí en el sur de Filipinas es una paz duradera. Si la conseguimos, dejad que nosotros asumamos el resto de las necesidades, nosotros nos encargaremos. No queremos ser dependientes de la ayuda", dijo el jefe del barangay.

La mayoría del millón de personas desplazadas por los enfrentamientos de 2008 entre secesionistas Moro y las tropas gubernamentales ya han regresado a casa. Sin embargo, se estima que 330 civiles de los pueblos de Kalumamis y Guindulungan en el sur de Filipinas siguen viviendo en el centro de evacuación de Guindulungan.

Además, a pesar de la reanudación de los combates en agosto pasado entre las tropas gubernamentales frente a los Luchadores de la libertad del Bangsomoro Islámico, la asistencia de las organizaciones no gubernamentales a las comunidades afectadas ha disminuido durante los últimos cuatro años.

Reflections for Prayer
En el sur de Filipinas, a  menudo se habla de paz, se llega a un acuerdo y finalmente se rompe. La zona ha sido testigo de la intolerancia religiosa, política, social y cultural que desgarra el tejido de la sociedad para crear violencia. La paz de muchas aldeas se ha destruido y ha obligado a la gente a desplazarse y huir a zonas más seguras para salvar sus vidas.

La imagen del jefe del barangay con un solo brazo y su deseo de una paz duradera abre la mente; eso es algo de suma importancia para las personas desplazadas. Sin embargo, parece que eso es algo que no está en la lista. En el caso del sur de Filipinas, fracasa una y otra vez.

El patrón repetido de la violencia en un lugar asolado por la guerra conlleva el riesgo de que las personas pierdan la esperanza y la fe en la reconciliación. La paz es vista por los pesimistas como una utopía, algo imposible de alcanzar en este mundo. Sin embargo, las palabras del jefe son un fuerte recordatorio de que la esperanza innata de la humanidad por la paz es inquebrantable. Esta esperanza permite florecer otros valores: la autosuficiencia, el trabajo duro y la alegría.

Bambang A. Sipayung sj
Director Regional del Servicio Jesuita a Refugiados Asia Pacífico

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