Indonesia: huida del Estado Rakhine
23 noviembre 2012

Noor espera junto a su esposa y su familia en Indonesia la determinación de su condición de refugiado por parte del ACNUR (Bambang A. Sipayung SJ/JRS)
Sólo espero que por fin podamos hacer realidad nuestro sueño de vivir una vida segura y digna, donde seamos tratados como seres humanos con derechos, y que mis hijos puedan tener educación y más oportunidades.
Cisarua, 23 de noviembre de 2012 - El JRS conoció a Noor en Cisarua a finales de octubre de 2012. Hace ocho años, huyó de su ciudad natal de Buthidaung, en el estado birmano de Rakhine. Perteneciente a la minoría étnica rohingya, Noor cuenta una desgarradora historia de lucha y supervivencia, de pobreza y persecución. Esta es su historia.

Hace ocho años, después de celebrar el Eid Al-Adha, una fiesta religiosa islámica de cuatro días, mi familia estaba en la playa cuando de repente llegó el ejército y se llevó a los hombres, incluido a mí mismo. Durante tres días nos vimos obligados a servir como porteadores, llevando pesadas cargas de hasta 60 kg durante kilómetros.

Uno de mis familiares, demasiado débil para seguir, fue golpeado hasta que su cabeza comenzó a sangrar. Cuando quise ayudarlo, un oficial me golpeó hasta que caí al suelo, rompiéndome algunos dientes y con el rostro ensangrentado. Al final de la semana, nos dejaron ir, pero tuvimos que buscarnos la manera de regresar a casa, sin comida ni orientación.

Esta es algo habitual en la vida de un rohingya en Rakhine. A los rohingyas se les niega la ciudadanía y no pueden moverse libremente, excepto en ciertos lugares y en horarios limitados. Vivimos bajo la amenaza constante de que el gobierno tome nuestras tierras y las entregue a otros. El gobierno birmano también nos prohíbe practicar nuestra religión, el Islam.

Nuestras tarjetas de identificación provisionales ni siquiera son aceptadas en la mayoría de servicios públicos, como, por ejemplo, los hospitales. Muchas de nuestras escuelas han sido cerradas y no se nos permite ir a la universidad. Con un acceso limitado a la educación, sólo podemos hacer trabajos menores. Cuando vivía allí, como muchos otros en mi pueblo, plantaba verduras y cultivaba alimentos. Sin embargo, no teníamos permiso para ir a la ciudad a vender nuestros productos.

El abuso militar nos hace la vida aún más difícil. Muchos rohingya son  secuestrados, torturados y nunca regresan. Ni la muerte ni la desaparición forzada son desconocidas para rohingyas.

Abandonados en Indonesia. Cuando uno de nosotros consigue algo de dinero, trata de encontrar una manera de salir del país. Mi padre me animó a buscar un lugar seguro donde poder trabajar, así que me fui a Malasia. Allí trabajé sin documentos legales durante seis años y, finalmente, logré ahorrar lo suficiente para viajar a Australia.

Un contrabandista se ofreció a llevar a mi familia, junto con otras 16 personas más, a Australia en barco. Después de dos noches, muchos pasajeros enfermaron, por lo que el capitán nos dejó en un hotel en Indonesia, con la promesa de regresar en uno o dos días. Una semana más tarde todavía estábamos esperando y tuvimos que abandonar el hotel, porque teníamos sólo para pagar dos noches. Sin saber qué hacer, decidí ir a la oficina de la ONU para los Refugiados (ACNUR) en Yakarta.

Un hombre del lugar nos dijo que podía conseguir billetes por un millón de rupias indonesias, unos 104 dólares. Yo sólo tenía 200 ringgit malayos, unos 65 dólares, en el bolsillo. Le di la pulsera de mi esposa, que costó 1.400 ringgits malayos. Él me dio cuatro billetes de autobús a Yakarta y algo de dinero a cambio. No tenía otra opción.

Viajamos durante tres días antes de llegar a Tanggerang, una ciudad a 25 kilómetros al oeste de Yakarta. Después cogimos un taxi hasta la oficina del ACNUR, pero cuando llegamos estaba cerrado.

Al día siguiente, regresamos al ACNUR y solicitamos la condición de refugiados. Ahora sólo quedaba esperar la decisión. Yo sabía que el dinero que nos quedaba no iba a durar mucho tiempo.

Por suerte, hicimos un amigo indonesio que nos ayudó a sobrevivir durante los siguientes dos meses. Encontramos una habitación barata en alquiler en Ciawi, un pequeño pueblo en el oeste de Java, cerca de Yakarta.

Esperando con los bolsillos vacíos. Cuando el dinero se acabó, me desesperé. Sin poder trabajar, no teníamos forma de conseguir dinero. Fui al centro de detención y pedí que nos arrestaran, pero a la noche siguiente dijeron que nos teníamos que ir. 
Dos meses más tarde, mi esposa y mi sobrina se pusieron en contacto con el Servicio Mundial de Iglesias (CWS), una organización humanitaria internacional. El CWS nos dio un pequeño estipendio y nos derivó al JRS para obtener más ayuda.

Mi situación en Indonesia no es fácil, sobre todo porque no estoy autorizado a trabajar aquí. Nuestra supervivencia depende del dinero de las ONG. Sin embargo, me siento seguro, porque aquí puedo practicar mi religión libremente. No tengo ningún problema con la población local en el barrio ni en ningún lugar de Indonesia.

En este momento nuestra mayor preocupación es cómo sobrevivir mientras esperamos la decisión del ACNUR. Mi única esperanza para el futuro es obtener la condición de refugiado. Espero que el ACNUR anuncie su decisión pronto para que podamos pasar a otro país y rehacer nuestras vidas.

Sólo espero que por fin podamos hacer realidad nuestro sueño de vivir una vida segura y digna, donde seamos tratados como seres humanos con derechos, y que mis hijos puedan tener educación y más oportunidades.