Turquía: lo que podemos hacer, lo hacemos
19 febrero 2013

En 2009, el JRS comenzó a trabajar en Turquía, junto con una organización no gubernamental: la KADER - Organización Humanitaria Asirio-Caldea. Turquía es a la vez destino y un importante cruce de caminos para los refugiados de Irán, Iraq, Afganistán, Sudán y Somalia que confían en llegar a Europa o que esperan ser reasentados en terceros países. (Jesuit Refugee Service)
Pero ésta es también la iglesia en acción, unidos en una causa común, ayudando a otros sin distinción de nacionalidad o religión. Frente a la enorme oleada de refugiados que llegan al país, podemos hacer poco, pero podemos hacer algo, y lo que podemos hacer, lo hacemos.
Ankara, 19 de febrero de 2013 - El Servicio Jesuita a Refugiados en Ankara tiene una deuda de gratitud con los 20 voluntarios expatriados que de forma regular donan tiempo y productos al proyecto del JRS. En el último mes, el JRS recibió casi 200 mantas de marca nuevas, 30 chaquetas sin estrenar también de marca y 50 usadas. Y una petición de dos sillas de ruedas se respondió en apenas dos horas.

Actualmente dos voluntarios están preparando un programa especial de inglés para atender las necesidades de los refugiados que serán reasentados en breve. Este programa es esencial para satisfacer las necesidades de los refugiados durante los primeros días cuando lleguen a su nuevo hogar. También vemos más y más la participación de turcos maravillosos que discretamente prestan su ayuda de muchas maneras.

Recientemente, dos voluntarios compartieron sus reflexiones con nosotros.

El lado humano de la espera. Son las 10 de la mañana del jueves. Voy acercándome hacia la puerta que se abre deslizándose suavemente sobre un raíl. Ha estado nevando y el termómetro indica bajo cero, pero a la izquierda de la puerta, acurrucados junto a los muros, hay gente que, cubierta por mantas, hace horas que están ahí.

Es día de distribución. A las 10:30 se abre la oficina y ellos van entrando, pobres, desaliñados, hambrientos, ateridos por el frío esperando la ayuda que les podamos ofrecer. Unos hablan árabe, otros son de lengua persa, aunque también los hay de otros idiomas.

Ahora pueden esperar dentro, pero la espera continúa.

Luego, se les llama uno a uno: en primer lugar una pareja; después una familia de siete, a la que sigue otra de seis; etcétera. Primero, se les entrevista en su lengua materna: ¿Qué necesitan ¿Cómo podemos ayudar? Después pasan a otra habitación en la que se arregla un paquete con los artículos solicitados: pasta y arroz, toallas y mantas, ropa y zapatos, y, a veces, juguetes para los niños.

A medida que pasa el día empezamos a quedarnos sin artículos. "¡Un abrigo, un abrigo que caliente, necesito un abrigo, ¡hace tanto frío!", pide una anciana. Una de nuestras voluntarias refugiadas traduce, tiene poca educación formal, pero se comunica sin problemas en persa, árabe, turco e inglés. "La familia anterior se llevó el último", le decimos: "Venga la próxima semana". Fuera deja de nevar pero sigue la lluvia.

Estos servicios se prestan en el interior de una iglesia católica en Ankara, organizados por los jesuitas, pero implementados por anglicanos, católicos y mormones, de Gran Bretaña, Estados Unidos, Polonia, Francia, Bélgica, Líbano y España.

Los refugiados provienen de Irán, Iraq, Siria y de otros países, y huyeron de sus hogares con, literalmente, la ropa que llevaban puesta. Una joven pareja tiene un bebé de pocas semanas. La madre, universitaria, es ingeniera civil y su inglés es perfecto. Otro refugiado, un iraquí con una joven familia perdió la mano derecha. "La guerra", dice encogiéndose de hombros. Lo que podemos ofrecer es poco, pero todos se van con algo.

Este es el lado humano del tema de la inmigración, de la gente que ha estado y ha salido del infierno, un infierno que otros crearon. Pero ésta es también la iglesia en acción, unidos en una causa común, ayudando a otros sin distinción de nacionalidad o religión. Frente a la enorme oleada de refugiados que llegan al país, podemos hacer poco, pero podemos hacer algo, y lo que podemos hacer, lo hacemos.

P. John Higgins, sacerdote anglicano del Reino Unido

El servicio es amor. Vivir en Turquía ha sido mi gran oportunidad. Una gran aventura que no esperaba vivir a estas alturas de mi vida; pero no fue hasta que empecé como voluntaria en el Centro de Refugiados que sentí que tenía una razón especial para estar aquí. Es maravilloso tener algo tan importante que hacer con mi vida. Creo que esta oportunidad es una bendición de Dios y me hace una persona mejor.

Creo que una de las razones por las que cada uno ha sido bendecido con la vida es aprender a amar. Es fácil amar a tu familia y amigos cercanos, pero tener la oportunidad de aprender a amar a personas de orígenes muy diferentes es realmente una bendición. Descubrir que alguien a quien hace unos años habría mirado suspicazmente o como a un enemigo se emociona, teme y ama como yo, me ha transformado.

Mis estudiantes son personas divertidas, dulces y amables atrapadas en una crisis terrible. Apenas pueden controlar su propio destino, víctimas de la política y del poder. Fue aleccionador verles esforzándose para mejorar en el idioma y en su formación artística, mientras se ayudaban unos a otros.

Estoy impresionada por su capacidad de superar los obstáculos y su fortaleza, incluso ante enormes retos. Me encanta estar con ellos, y he establecido unos estrechos lazos de amistad con mis alumnos.

Jesús dijo: "Cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo". El servicio es amor y estoy aprendiendo mucho sobre el amor en el Centro de Refugiados. Gracias por permitirme ser parte de este gran trabajo.

Annette Stacy, voluntaria de Salt Lake City, EE.UU.