La vida aquí es dura. Estoy sola. Mi marido murió. No tengo hermanos, ni hermanas. Tengo dos niñas. Tengo que hacerlo todo yo misma. No tenemos dinero, ni trabajo, ni siquiera comida. .... A veces le pregunto a Dios por qué acabé en este terrible lugar, sola, sin nadie." - Angela, refugiada en Johannesburgo”
El Servicio Jesuita a Refugiados, una de las pocas organizaciones que ayudan a los refugiados en entornos urbanos de todo el mundo, siempre ha reconocido el grave estado de abandono de los refugiados urbanos, y ha tratado de responder a estas necesidades. Mediante actividades de advocacy ante el ACNUR y las autoridades locales, a través de la ayuda alimentaria directa, el apoyo a la vivienda y cubriendo los gastos médicos, trabajando en proyectos educativos, de subsistencia, y a través del asesoramiento y de servicios de referencia, el JRS responde a una amplia gama de necesidades de los refugiados. En muchos países que acogen una cifra importante de poblaciones desplazadas, los refugiados son tolerados únicamente si están de acuerdo en vivir en campamentos designados por el gobierno. Estos pueden ser abiertos, en los que los refugiados pueden entrar y salir más o menos libremente, o cerrados, donde los refugiados son confinados detrás de barreras físicas o jurídicas.

La vida en los campamentos puede ser muy dura, caracterizada por las malas condiciones de las viviendas y saneamientos, por la falta de alimentos adecuados, agua y servicios médicos, por la inseguridad y, acaso sea lo peor, la inactividad forzosa y la dependencia. A los refugiados que prefirieron no vivir en los campamentos o que tienen miedo a estar allí, se les trata como presos huidos, que pueden ser arrestados, detenidos, obligados a regresar o deportados. Incluso bajo los regímenes más indulgentes, los refugiados que no viven en campamentos suelen ser ignorados, vulnerables tanto al olvido como a la explotación. En los países de acogida de refugiados que no han establecido campamentos ad hoc, estos suelen subsistir en los márgenes de la sociedad: tolerados como fuente de mano de obra barata, pero sin acceso a la protección jurídica, al empleo legal, a la atención médica, a la educación ni a los servicios sociales.

Durante muchos años, la Oficina del Alto Comisionado para los Refugiados (ACNUR) - la organización responsable de garantizar la protección de los refugiados - y los donantes internacionales, así como los organismos de ayuda, asumían poner a los refugiados en campamentos como una necesidad temporal, pensando que era el precio a pagar a fin de que los gobiernos permitan a los refugiados permanecer en su territorio, y también pensando que era la mejor manera de llevar a cabo la tarea de alojarlos, alimentarlos y protegerlos de forma ordenada y contenida. De acuerdo con esta manera de ver las cosas, los programas de ayuda a refugiados se han limitado a menudo a los campamentos o a áreas rurales fronterizas donde estos viven en condiciones parecidas a las de un campamento.

Con el tiempo, sin embargo, la esperanza de encontrar soluciones duraderas de regreso, de integrarse en las comunidades locales o de reasentarse en otros lugares se ha ido desvaneciendo, y los campamentos provisionales se han convertido en el hogar permanente de varias generaciones de gente languideciendo. El apoyo económico a los campamentos de refugiados es cada vez más difícil de mantener, con el consiguiente deterioro de las instalaciones, los recortes en las ya escasas raciones de alimentos, y el hacinamiento, lo que ha desembocado en problemas sociales.

Mientras tanto, la cifra de refugiados que viven en asentamientos urbanos ha crecido y la mayoría de los estos encuentran lo necesario para ir sobreviviendo en pueblos y ciudades. Cada vez más refugiados tienden a abandonar los campamentos o los evitan, para asentarse en comunidades en las que confían encontrar un trabajo para poder tirar adelante ellos mismos y sus familias. En efecto, algunos de los mayores flujos recientes de refugiados – como los que huyen de Iraq – están casi todos en ciudades. Esta tendencia ha llevado a la reevaluación de las necesidades de los refugiados por parte de la comunidad internacional, tal y como refleja la nueva política de refugiados urbanos, publicada por ACNUR. La política reafirma el principio consagrado en el derecho convencional internacional de que los refugiados tienen el derecho a la libertad de circulación, a la protección y la asistencia, vivan donde vivan.

Vivir en la penumbra

"La vida aquí es dura. Estoy sola. Mi marido murió. No tengo hermanos, ni hermanas. Tengo dos niñas. Tengo que hacerlo todo yo misma. No tenemos dinero, ni trabajo, ni siquiera comida. .... A veces le pregunto a Dios por qué acabé en este terrible lugar, sola, sin nadie." - Angela, refugiada en Johannesburgo.

Una de los mayores obstáculos para mejorar la atención a los refugiados urbanos es su invisibilidad. 
Debido a que a menudo se le excluye de la posibilidad de tener un empleo legal, los refugiados urbanos viven en los barrios más pobres, alejados de los servicios municipales. Festus, un solicitante de asilo en Kampala, Uganda, es un caso típico. Comienza su búsqueda de empleo cada mañana a las 5:00, camina seis millas al merca do del centro, donde en un buen día se puede ganar entre cincuenta centavos y un dólar. Más tarde, pasa largas horas haciendo cola tratando de que aceleren su petición de refugio. Muchos otros refugiados tienen miedo incluso de pedir ayuda, porque saben que si llaman la atención de las autoridades podrían ser enviados a la cárcel o a un centro de detención con la perspectiva de una reclusión prolongada en condiciones atroces o la deportación sumaria. Para estos refugiados la asistencia que ofrece el JRS puede ser un salvavidas.

Incluso para los refugiados que no temen solicitar ayuda, la falta de la documentación legal a menudo significa quedar excluidos de los servicios. En la República Dominicana, por ejemplo, a los hijos de los refugiados haitianos se les niega la ciudadanía. Como apátridas, no tienen acceso a la escolarización. Incluso cuando los hijos de los refugiados urbanos tienen acceso a la escuela, las tasas y el precio de los uniformes a menudo ponen la educación fuera de su alcance.

En muchos países, la falta de permisos de trabajo limita a los refugiados al sector "informal", sobreviviendo con empleos esporádicos, realizando muchas veces tareas peligrosas y físicamente agotadoras por un salario miserable. Los trabajadores refugiados son frecuentemente explotados, y la falta de estatuto legal significa que les es imposible obtener compensaciones. George, un refugiado en Johannesburgo, explica:

Yo antes era profesor, he venido aquí y he tratado de ejercer como maestro. Pero nadie me contrataba. Infravaloran nuestros certificados, incluso cuando los tenemos... y cuando nos contratan, no nos pagan. Trabajas durante tres meses y luego se niegan a pagar. No hay adonde ir. No hay nada que puedas hacer. No puedo esperar más ".

Una mano amiga en tiempos de dificultad


Especialmente para los refugiados rurales que han pasado directamente del terror de la huida a los retos de la vida en la ciudad, la experiencia de ser un extranjero en tierra extraña puede resultar extremadamente aciaga. En estos casos, el principio de “acompañamiento” del JRS, que ofrece un hombro en el que apoyarse y un oído que escucha, puede llegar a ser básico.

Una mujer sudanesa de 20 años llamada Comfort, que huyó a Uga
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