La necesidad de un espacio seguro

Achuei es una mujer sudanesa de 26 años. Abandonó Sudán en 1992, después de que su casa fuera atacada y quedase separada de su familia. La llevaron al campamento de refugiados de Kakuma, norte de Kenya, donde empezó a estudiar en la escuela de primaria. Sin embargo, en 1993 su padre llegó a Kakuma procedente de Sudán. Le impidió que siguiera yendo a la escuela y al año siguiente, cuando ella tenía 14 años, la obligó a casarse contra su voluntad. Al negarse, el pretendiente la cogió y la golpeó de tal manera que casi la mata; después la violó frente a una multitud de parientes.

Achuei fue llevada de regreso a Sudán, donde tuvo a su primer hijo, en 1995, que murió en 1996. Aquel mismo año, Achuei escapó y regresó a Kakuma en 1996, donde permaneció en paz hasta 1998, cuando su marido regresó desde Sudán y la secuestró. Volvió a quedar embarazada, y como enfermó de gravedad, un doctor la ayudo a llegar a Lokkichoggio, desde donde volvió a Kakuma. En diciembre de 1998 tuvo a su segundo bebé, una niña.

En dos ocasiones más, su marido volvió al campamento a por ella y la niña, pero en ambas Achuei consiguió ocultarse. Cuando Achuei supo en 2005 que él había llegado de nuevo y que había dado dinero a los propios parientes de la joven para que se la entregasen con su hija, ella se presentó a la oficina de género de la Federación Mundial Luterana (LWF). Les explicó la situación y el personal encargado de los temas de género de la LWF la remitió al Espacio Protegido del JRS. Esto fue en septiembre de 2005, y desde entonces ha estado allí.

El caso de Achuei ilustra muchos de los problemas relacionados con la violencia sexual y de género en Kakuma. A pesar de las múltiples nacionalidades que hay en el campamento (principalmente sudaneses, aunque también hay somalíes, etíopes, burundeses, ruandeses, congoleños...) las experiencias de quienes llegan al Espacio Protegido son parecidas. Frecuentemente son los miembros de la propia familia de las mujeres la causa de su inseguridad.

Tratan de secuestrar a las mujeres o a sus hijos, las obligan a casarse contra su voluntad, las atacan físicamente e incluso las matan. Para los sudaneses, el tema de la dote es crucial, de manera que una familia puede llegar a forzar a las jóvenes a un matrimonio forzoso porque el hombre puede aportar una gran dote.

Agencias como el ACNUR y la LWF cuentan con unidades para negociar con las familias de aquellas mujeres que sufren abusos, pero en ocasiones no se puede alcanzar un acuerdo rápido, o garantizar la seguridad de la persona. En estos casos, se puede enviar a la mujer y a sus hijos al Espacio Protegido del JRS mientras esperan una solución.

El Espacio Protegido ofrece una acogida libre de peligro para hasta 40 mujeres y niños a la vez. Durante su estancia, no sólo se les protege sino que reciben atención personal y emocional de otras mujeres y del personal del JRS. En el momento en que abandonan dicho espacio, salen con más confianza en sí mismas, asertivas y esperanzadas.

La principal dificultad está en encontrar soluciones permanentes a los problemas de quienes están en el Espacio Protegido. Las refugiadas deberían salir en seis semanas, pero en muchos casos, como el de Achuei, eso no es posible. Achuei no puede regresar a su comunidad en Kakuma porque, probablemente, su marido la secuestraría a ella y/o a su niña.

Aunque ahora se está animando a los refugiados sudaneses a regresar a su país, hay muchos, como Achuei, cuya seguridad estaría amenazada si lo hicieran. El final de la guerra no significa que las personas puedan vivir en paz, y hay razones de sobra para creer que muchas de estas mujeres seguirán siendo víctimas de abusos, violaciones y ataques si regresan a Sudán, donde los miembros de su familia o de la familia de su marido las encontrarían fácilmente. Achuei contó que, recientemente, un amigo de su esposo llegó al Espacio Protegido y le ofreció mucho dinero si regresaba a Sudán. Le recordó que ella no tenía nada y que el JRS no estaría allí para siempre, así que debería volver con él a Sudán donde tendría mucho dinero. Pero ella rechazó: “Si fuera a Sudán, me matarían y se llevarían a mi hija”.

Cuando no es posible vivir con seguridad en el campamento de refugiados, y no hay posibilidad de regresar con seguridad a casa, la mirada se dirige al reasentamiento en un tercer país. Hay, por supuesto, muchos problemas en reubicar a la gente en países occidentales, pero en casos como el de Achuei, es difícil encontrar soluciones alternativas.  

Rebecca Horn, consejera coordinadora del campamento de refugiados de Kakuma


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