"No queremos que los maestros se limiten a impartir la clase y se vayan. Les digo a mis profesores que 'primero tenemos que llegar a conocer realmente y a respetar a los estudiantes, y luego enseñarles'. El acompañamiento es lo primero", dice Falah Matti, refugiado iraquí y director de la escuela.
El centro está ubicado en una escuela católica griega, que funciona como una colegio público por las mañanas. Allí, el JRS ha organizado cursos de tarde desde 2009. Cuatro días a la semana, los autobuses amarillos trasladan a refugiados y estudiantes locales de todas partes de la ciudad a la escuela.
Las clases se imparten por la tarde y por la noche. Las de la tarde suelen ser frecuentadas por iraquíes, sirios y jordanos. Mientras que las de la noche son tomadas por los somalíes y sudaneses, la mayoría de los cuales trabajan en el mercado laboral informal, haciendo trabajos que otros no quieren hacer.
El personal está formado por 30 maestros voluntarios. Ellos enseñan inglés conversación e informática. Como muchos de los profesores son refugiados, se les prohíbe realizar trabajos remunerados, lo que es un gran cambio para una persona como Abu Hassan, que era director antes de huir de Iraq.
Hacer frente al cambio. En los últimos tres años, la cifra de estudiantes ha aumentado de 35 refugiados iraquíes a 600 estudiantes, en su mayoría mujeres, y de una amplia diversidad de países, entre ellos Iraq, Jordania, Siria, Somalia y Sudán. En tres años, más de 3.000 estudiantes han completado con éxito los cursos y se han graduado.
El rápido crecimiento de la escuela es una clara señal no sólo de la demanda de educación, sino de su éxito. Muchas escuelas ofrecen cursos de formación profesional, pero son caros y sin ninguna garantía de calidad.
"Tenemos una buena reputación...El número de estudiantes ha aumentado sin hacer publicidad. Nosotros respetamos ciertas reglas, elegir con cuidado a nuestros profesores y ofrecer un ambiente agradable", dijo el Sr. Matti, conocido por sus amigos y alumnos como Abu (o el padre de) Hassan, un título conferido a él en señal de respeto.
Bajo Abu Hassan, la escuela celebra los éxitos y escucha las opiniones de los estudiantes.
Aquellos que completen con éxito los cursos recibirán un certificado en una fiesta de graduación. Además, se pide a todos los estudiantes que den sus sugerencias y opiniones sobre la calidad de la enseñanza.
"Les pedimos que rellenen un cuestionario al finalizar el curso. Los resultados se presentan públicamente, y eso hace que se den cuenta de que su opinión es muy valiosa para nosotros y que la respetamos. Esto aumenta la confianza en ellos mismos", explica Abu Hassan.
Integración. Un rápido vistazo a este grupo heterogéneo de estudiantes – que hablan, hacen amigos, aprenden nuevas habilidades - demuestra el valor de este enfoque.
Cuando suena la campana y los estudiantes salen al patio de la escuela para jugar a fútbol, disfrutar de un café árabe o simplemente charlar, se palpa un ambiente acogedor. Por la noche, las aulas están abarrotadas de estudiantes, jóvenes y adultos. Los más pequeños están atendidos en la sala de abajo mientras sus madres asisten a clases.
"Enseñamos a los estudiantes que pertenecen a una sola familia humana. La política y la religión son una línea roja. No evitamos estos temas, pero cuando los estudiantes hablan de ellos, tiene que ser con una actitud de respeto mutuo. Usted puede expresar su opinión personal y todo el que empieza una pelea, ya sea verbal o física, tiene que irse", explica Abu Hassan.
Incertidumbre. A pesar del éxito, la tasa de abandono de los cursos es elevada: el 35 por ciento. La incertidumbre de la vida de los refugiados hace que los servicios de entrega sean extremadamente complejos.
El reasentamiento en un tercer país, como Australia, Canadá o EE.UU., es la causa principal de la deserción escolar. Abu Hassan lo sabe muy bien. Su familia está dispersa por todo el mundo: sus hijas están en Australia y Grecia, y tiene un hijo en Alemania. Mientras, él y su esposa están en Jordania a la espera de ser reasentados en otro país.
Otros abandonan porque no encuentran un empleo o se inscriben en actividades promovidas por la ONU, tales como la formación profesional, para la que reciben unos emolumentos por asistir.
"Muchos estudiantes han sido reubicados. Algunos se mantienen el contacto por teléfono o correo electrónico", dice Abu Hassan.
Ashrafiyeh recupera un sentido de normalidad a las vidas de los refugiados, a pesar de que algunos alumnos permanecen en las clases por sólo un breve período de tiempo, los beneficios sociales y educativos continuarán durante algún tiempo.
Angelika Mendes, Coordinadora de Fundraising del JRS Internacional
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