La Hermana Arasi, de las Misioneras Seva, Hermanas de María, mira las alumnas de joyería. (Molly Mullen / JRS Internacional)
Trichy, 31 de octubre de 2012 - Durante 30 años, la guerra civil que asoló Sri Lanka obligó a muchos tamiles a buscar seguridad en el sur de la India. Si bien Tamil Nadu puede ser más seguro que el país de origen, para las mujeres de los 112 campamentos de refugiados de todo el estado, "más seguro" no basta.

El desempleo, el hacinamiento, estrés post-traumático y el alcoholismo han hecho mella en la población de los campamentos donde ahora viven casi 70.000 personas. Sin embargo, con matrimonios precoces forzados y la violencia sexual y de género, las mujeres enfrentan dificultades adicionales.

"Ponemos una gran atención en las niñas de los campamentos, ya que casi toda la violencia que allí se ve va ellas. Hasta cierto punto, todas las niñas se enfrentan a problemas en los campamentos. Las casas (que más que casas son cobertizos de paja) en los campamentos son muy pequeñas y carecen de privacidad. Todo lo que se hable puede ser escuchado por los vecinos", dice Lilly Pushpam, responsable de programas del JRS en Tamil Nadu.

Alcoholismo. La mayoría de las personas en los campamentos trabajan como jornaleros en las obras de construcción o en fincas agrícolas. Se les paga a diario y los que tienen problemas con el alcohol se suelen beber sus salarios tan pronto como los reciben. Esto desemboca en un círculo de pobreza y depresión para las familias, lo que lleva a más consumo de alcohol.

A esto le sigue el abuso sexual, y, según Pushpam, son las mujeres y las niñas las que más lo sufren. Pensando en esto, los responsables del JRS en el campamento y los asesores identifican a las personas con problemas de dependencia de alcohol y organizan citas con ellos para discutir las opciones de tratamiento. Los casos más graves son referidos a centros especializados dentro de los campamentos. Pero según Pushpam, sólo un 30 por ciento sigue el programa de rehabilitación.

Los equipos del JRS se centran en cambiar las actitudes de los jóvenes planteando la cuestión en los Centros Arrupe. Un grupo organizó una obra de teatro de calle sobre los efectos del alcoholismo en la familia, provocando que un padre abandonase la bebida por completo.

"Ese fue un gran éxito para el JRS. Los chicos jóvenes suelen ver a sus hermanos o a sus padres bebiendo y empiezan a tomar alcohol a una edad temprana", dice Pushpam, esperando que el mensaje llegue a la gente.

Impunidad. Muchos casos de violencia sexual y de género no son denunciados. Las mujeres temen que si hablan sobre la violencia contra ellas, sus vecinos empiecen a hablar y a avergonzar a su familia, como ocurrió en el caso de Nila*, quien se enfrentó a una reacción violenta después de hablar.

"Había un hombre casado que quería desposarse conmigo también. Solía seguirme. Un día, cuando estaba sola en casa, el hombre entró y trató de abusar de mí. Grité tan fuerte que él huyó. Todos los residentes del campamento se enteraron y empezaron a hablar de mí ", contó Nila a un consejero del JRS.

Tras meses de terapia, la mujer ha reanudado su vida normal, pero vivirá con la carga de la estigmatización.

Neena* es otra sobreviviente de la violencia sexual que asiste al Grupo de Apoyo a Supervivientes del JRS. Vive sola con su madre y dos hermanos porque su padre todavía está en Sri Lanka. Ella estaba terminando séptimo grado – y a la vez se hacía cargo de sus hermanos y vivía los problemas de la adolescencia - cuando fue abusada sexualmente. Un vecino adulto encontró a esta niña de 12 años sola y la violó repetidamente.

Una vez el JRS fue alertado, el personal de campo sugirió un examen médico para que pudieran informar de ello a la policía. Su madre se negó, temiendo que otras personas lo supieran.

"Ahora ya nunca me quedo sola. Después de la escuela me quedo con mi maestra hasta que puedo ir a un Centro Arrupe. Y allí me puedo quedar hasta que mi madre llega a casa del trabajo", dice esta niña.

El hombre que violó a Neena sigue viviendo al lado y nunca ha rendido cuentas ante nadie por su crimen. El personal del JRS trata de combatir este estigma contra las mujeres maltratadas organizando campañas de sensibilización pública.

Los equipos del JRS han establecido un Centro Arrupe en cada campamento para que los estudiantes puedan estudiar después de la escuela y participar en actividades culturales. Pero en un campamento de refugiados donde la reputación y las relaciones dentro de la comunidad son más importantes que el imperio de la ley, disponer de seguridad y asesoramiento son las únicas opciones disponibles.

Asesoramiento y refugio. "Ya vimos antes la utilización de la violación como táctica de guerra en Bosnia, Birmania, Sri Lanka y otros lugares...", dijo abiertamente la Secretaria de Estado de EE.UU., Hillary Clinton, en 2009, y esa es una realidad que sólo el observador más parcial podría negar.

Aunque las estadísticas no captan plenamente esta realidad, atacar a las mujeres forma parte de una táctica operativa clara: algunos eran asaltadas sexualmente, otras secuestradas, asesinadas por las minas antipersona, armas de fuego, bombardeos, o abandonadas después de que sus esposos se fueran a luchar a la guerra. Fueron estas experiencias de primera mano de la guerra, las que impulsaron a miles de personas a buscar refugio en la India.

Fuera por la guerra o los abusos en Sri Lanka, o porque nacieron en los campamentos de la India, las mujeres y las niñas refugiadas se enfrentan obstáculos ocultos para acceder a la educación. Si bien tienen derecho a asistir a las escuelas públicas de la India, el trauma de la violencia sexual y de género, a menudo hace que las sobrevivientes abandonen precozmente los estudios. Para ayudarles a reconstruir sus vidas, el JRS ha contratado 66 consejeras para proporcionar apoyo psicológico a niñas y mujeres.

Más que los servicios de asesoramiento, las mujeres necesitan un espacio seguro donde aprender habilidades de liderazgo y para la vida. El JRS creó dos centros para jóvenes que han abandonado prematuramente la escuela. Aquí aprenden de todo, desde confección a conocimientos de informática, hasta teatro de calle o a hablar en público.

"Estas niñas que han sido abusadas física y psicológicamente pueden llegar a aceptarse a sí mismas en los centros del JRS. Tienen la capacidad de levantarse por si mismas", dijo el P. Albert Louie, director del proyecto del JRS en Tamil Nadu.

A sus diecinueve años, Kalaiselvi llegó a uno de los centros de formación profesional después de que por dificultades familiares tuviera que abandonar la escuela prematuramente. Una de las mejores partes de su tiempo allí fue la presencia de las Hermanas Misioneras Seva que enseñan en el centro.

"Ellas nos escuchan, creen en nosotras, tienen buenos corazones y su mente es buenas", cuenta Kalaiselvi en su nuevo inglés aprendido después de seis meses en el centro.

Molly Mullen, consultora en comunicación, Oficina Internacional del Jesuit Refugee Service

*No es su nombre real

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