Un grupo de mujeres afuera de las instalaciones del espacio seguro del JRS en Kakuma. (Katie Allan/JRS)
Kakuma, 13 de marzo de 2013 - Cerrar la brecha de género y proteger a mujeres y niños es una prioridad para la mayoría, si no todas, las ONG y las agencias de la ONU en el campamento. Año tras año, se organizan campañas de sensibilización sobre la situación de las mujeres, y los cursos de educación y formación tratan de fortalecer la posición de las mujeres. Se realizan esfuerzos conjuntos para garantizar que se conozcan los numerosos casos denunciados y que los responsables sean castigados por sus crímenes.

Con el aumento de población del campamento, un 20 por ciento en 2012, que ha llegado a 110.000 y aumentarán en 2013, los recursos disponibles se apuran hasta que no dan más de sí, mientras las tensiones dentro y entre las familias y comunidades de refugiados suelen llegar al límite.

Con el aumento de la población del campamento, la necesidad de proteger a las personas en riesgo ha aumentado considerablemente, sobre todo las niñas. El enorme aumento en el número de niñas vulnerables que necesitan protección frente al matrimonio forzado y el secuestro significa que se necesitan más recursos para atender sus necesidades lejos de quienes aceptan estas prácticas. La mayoría de estas niñas se encuentran con poco o ningún acceso a la educación.

Pequeños pasos. Con todo esto, es fácil sentirse abrumado por las dimensiones del problema. Sin embargo, está teniendo lugar una revolución silenciosa. Las mujeres están protegidas en el Espacio Seguro del JRS; las ONG, como el JRS, ofrecen cursos para ayudar a las mujeres a encontrar trabajo y les prestan dinero para poner en marcha negocios. Aunque pueda parecer una gota en el océano, así se protege la vida de muchas mujeres y de sus hijos al mejorar su situación.

No obstante, para otras, la violencia sexual y de género (VSG) sigue siendo un hecho cotidiano, con cientos de casos reportados cada año. La situación empeoró tanto que en 2012 el JRS amplió la cifra de familias encabezadas por mujeres en sus instalaciones seguras de acogida para atender a 105 víctimas, mujeres y niñas, ofreciéndoles servicios de asesoramiento. Además, también se les impartieron cursos en los programas de educación de adultos, corte y confección, y de preescolar.

El Espacio Seguro es una instalación altamente protegida donde los sobrevivientes de la VSG y personas en riesgo son admitidas para poderse curar del trauma que han sufrido. Además, durante este tiempo, se buscan soluciones duraderas para asegurar que no vuelvan a quedar expuestas a los mismos riesgos. Por otra parte, en 2012, el JRS ofreció becas a 73 niñas en riesgo de VSG para que siguieran sus estudios lejos de la creciente violencia del campamento, en escuelas de Kenya donde pueden estudiar en un ambiente más seguro.

"Mis tíos me querían casar con un anciano muy rico... El JRS entonces me dio una beca, protección, alimento y ropa. Ahora conozco mis derechos y no permitiré que nadie me quite lo que me pertenece. He tomado varios cursos [de formación profesional] y sé que voy a conseguir un buen trabajo cuando sea reasentada [en otro país]", dice Elizabeth*, beneficiaria de los servicios de protección del JRS, de cursos de formación profesional y receptora de una de las becas para niñas vulnerables en el campamento de refugiados de Kakuma.

Algunas mujeres refugiadas también pueden ayudar a otras tras recibir asistencia.

Después de que Agnes* desafiara los deseos de sus parientes casándose con un hombre de otro grupo étnico, trataron de matar a su marido. Consciente de su derecho a elegir, Agnes llevó el asunto a la policía. Posteriormente, el JRS patrocinó su educación y formación, y más tarde la contrató como asesora de la comunidad.

"Esto me ha ayudado a concienciarme y a desarrollar mecanismos más sanos para enfrentarme a la vida, incluso ayudando a otras en situaciones similares", dice.

Pero hay muchas mujeres en el campamento que carecen de una educación básica, que no saben leer ni escribir en ninguna de las lenguas utilizadas en Kenia. Esto no sólo les impide ser autónomas en la vida cotidiana, sino que, como le ocurrió a Jane*, también puede tener otras consecuencias.

Después de que su marido la golpeara por enésima vez y le impidió ver a sus hijos, ella quiso denunciarlo.

Como no hablaba ni inglés ni suajili, tuvo serias dificultades para poner la denuncia en comisaría. Estos problemas siguieron a lo largo del proceso judicial. Si bien esto no disuadió a Jane, a muchas mujeres estos obstáculos las habrían echado para atrás.

Finalmente, Jane obtuvo protección en el Espacio Seguro del JRS, donde se matriculó en clases de alfabetización de adultos y de corte y confección. Ahora ella se puede comunicar de manera efectiva, tanto en suajili como en inglés. Su caso fue remitido al tribunal donde presentó la denuncia y se le concedió la custodia de sus hijos.

"Aprender no fue fácil para mí, pero lo logré", dice Jane con una sonrisa de satisfacción.

Insuficiente. Pero unos pequeños pasos no bastan para proteger a las mujeres en el campamento de Kakuma, a menudo en riesgo de la VSG cuando realizan las actividades diarias más simples, como recoger leña, ir a los centros de distribución de alimentos, al hospital o a la escuela.

Queda mucho por hacer para responder las complejas causas culturales, económicas y políticas causes. Si bien las leyes internacionales y regionales proclaman los derechos de los refugiados y su protección, la realidad dista mucho de los conceptos legales. Las prácticas culturales patriarcales han obstruido la igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres, especialmente en Kakuma, donde la situación socioeconómica de crisis prolongada en los campamentos aislados no garantiza la aplicación de las leyes del estado de derecho.

Las obligaciones legales del estado de Kenya y de la comunidad internacional han sido socavadas por la falta de voluntad política. Sólo mediante la voluntad política e inversiones sólidas, que prioricen el bienestar de los refugiados, se podrán realizar progresos reales hacia la reducción de la violencia sexual.

Alex Kiptanui, director del Proyecto en Kakuma, y Caro Jeptoo, coordinadora del Espacio Seguro, JRS Kenia

*Los nombres han sido cambiados para proteger su identidad

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