Acompañando a la justicia
miércoles, diciembre 05, 2012


Inmigrantes haitianos cerca de la frontera de la República Dominicana (Peter Balleis/JRS)
Boston, 5 de diciembre de 2012 – Cuando estuve en la República Dominicana con el Servicio Jesuita a Refugiados, un grupo de jóvenes haitianos se acercó a nosotros a hablarnos los problemas que tenían con su empleador. Eran vendedores de helados de yogur en las calles de la capital, Santo Domingo, empujando una pesada máquina entre el tráfico durante todo el día, al final del cual su jefe se quedaba con el 80 por ciento de la recaudación, dejándoles a ellos casi sin nada.

Más que los bajos salarios o el riesgo físico del trabajo, lo que más les afectaba eran los insultos y las humillaciones diarias del empresario, sobre todo cuando, después de un día de explotación, les acusaba de robarle y les obligaba a vaciar sus bolsillos delante de él.

El jefe, un inmigrante de origen haitiano como ellos, les hacía trabajar siete días a la semana. En cierta ocasión, uno comenzó a vomitar sangre por agotamiento y pidió un día libre para ir al hospital. La respuesta fue que si no se presentaba a trabajar al día siguiente, podía considerarse despedido. Otra tenía la necesidad de ir a misa, donde podía cantar himnos en su propio idioma y sentirse como un hijo de Dios.

Los dos comenzaron a organizar a sus compañeros de trabajo y, finalmente, se enfrentaron a su jefe consiguiendo que todos tuvieran un día libre a la semana. Sin embargo, el patrón contrató a un sicario armado para intimidar a los trabajadores con amenazas violentas, para que no siguieran creando 'problemas'.

Naturalmente, el JRS se hizo cargo del caso. Pero la violencia no tardó en aparecer. A uno de los líderes del grupo le pusieron un arma contra la cabeza, pero escapó con vida; a otro lo amenazaron.

Además de la labor de seguimiento ante la magistratura de trabajo, también estuvimos acompañando a los trabajadores amenazados cuando regresaban al almacén por la noche con las máquinas de yogur helado a saldar cuentas con el jefe. Cuando los trabajadores lo pidieron un par de nosotros fuimos con ellos al almacén, de manera que se nos viera, y les esperábamos fuera hasta que salieran. Era una forma de garantizar su seguridad.

Una vez que el caso ya estuvo en los tribunales, un hábil abogado enseñó al jefe a presionar a los trabajadores cada noche para que firmasen un formulario en blanco sobre las horas trabajadas y el pago, que más tarde llenaría con mentiras. Una noche recibí una llamada telefónica informándonos que un trabajador había sido golpeado por el sicario al negarse a firmar el documento. Nos encontramos con él, aún con su uniforme ensangrentado, en una esquina y lo acompañamos al hospital y la comisaría de policía.

Por supuesto, nada de esto formaba parte de nuestro plan estratégico para el año, y además el caso nos obligó a descuidar algunos de nuestros trabajos regulares. Sin embargo, nos mantuvimos a su lado, y después de muchas visitas a la fiscalía, el trabajador que había sido asaltado por fin se enfrentó a su antiguo jefe en los tribunales, con sus compañeros de trabajo como testigos. Sin embargo, víctima de la discriminación anti-haitiana y de la corrupción, el proceso quedó en papel mojado, y para empeorar las cosas los hombres se quedaron sin empleo.

Nos sentimos miserables. Después de todas esas noches sin dormir, y con casos tan claros y consistentes, no pudimos marcar la diferencia. Y, sin embargo, los jóvenes a quienes acompañamos nos dieron las gracias sinceramente. Nos dijeron que cuando entramos con ellos, se sintieron seguros, y que cuando se enfrentaron a su patrón y dijeron la verdad ante el juez, sintieron que, en cierto sentido, se estaba reconociendo su dignidad como seres humanos, aun cuando sus derechos fueran violados.

Por lo menos, si nuestro acompañamiento les dio esto, valió la pena.

Emilio Travieso SJ, trabajador del JRS