Acompañando a la justicia: trabajo duro, lamento y esperanza
miércoles, diciembre 05, 2012


Inmigrante haitiano cerca de la frontera de la República Dominicana (Peter Balleis/JRS)
Boston, 5 de diciembre de 2012 - Hace un par de meses, estudiando "La naturaleza y el destino del hombre", del teólogo estadounidense Reinhold Niebuhr, al leer la frase "hay un nuevo peligro del mal en cada nivel nuevo de lo bueno", mis estudiantes de postgrado, algunos de los cuales también se están preparando para ser sacerdotes, religiosos o laicos, - que trabajan con los pobres – se quedaron abatidos. Era demasiado pesimista, decían.

Al mal - tan terco, eficaz y difícil de derrotar - Niebuhr lo caracteriza como el Anticristo, que no puede ser superado por el poder humano (1 Juan 2:18-19; 4:2-3). "El Anticristo que aparece al final de la historia puede ser derrotado sólo por el Cristo que termina la historia".

Uno de mis estudiantes lamentó que Niebuhr "retratase un mundo donde la caridad y la justicia son mitos de las masas. Resulta difícil creer que haya algún tipo de formación para enviarme al mundo a ser como Cristo".

Traté de tranquilizarles diciéndoles que, si bien hay que ser realistas, el trabajo por la justicia puede tener éxito. Nuestros esfuerzos marcan la diferencia en el mundo. Después de la clase, dos estudiantes vinieron a hablar conmigo.

Una ha trabajado en una escuela de secundaria de Nueva York, que atiende a niños pobres e inmigrantes, muchos de los cuales son miembros de las minorías étnicas, y cuyas vidas son difíciles. "El trabajo por la justicia es difícil!" dijo.

La otra, con experiencia en los esfuerzos de consolidación de la paz en Ruanda, estaba de acuerdo.

"Niebuhr tiene razón en que las decisiones políticas se basan más en el interés propio".

El trabajar por la justicia no puede depender de sus señales de éxito. La esperanza debe ser sostenida mediante el trabajo en solidaridad con los demás, incluso cuando no haya señales claras de progreso.

La historia de los fabricantes de yogur en Santo Domingo que perdieron sus puestos de trabajo al tratar de defender sus derechos confirma que mis alumnos tenían razón. Tal vez la mejor respuesta religiosa a los problemas de los vendedores - y para decepción de los que caminan con ellos - es el Salmo de la aflicción y el lamento.

Señor, escucha mi oración 
y llegue a ti mi clamor; 
no me ocultes tu rostro 
en el momento del peligro… 
Mis enemigos me insultan sin cesar… 
Mi corazón se seca, marchitado como la hierba (Salmo 102).

En palabras del teólogo afroamericano Bryan Massingale, "los lamentos son gritos de angustia e indignación, gemidos de dolor profundo y tristeza, la expresión de una protesta profunda y de justa indignación ante la injusticia, duelo y tristeza ante el sufrimiento insoportable... Lamentos... son inciviles, estridentes, ásperos y desgarradores".

Al morir casi abandonado en la cruz, Jesús se lamenta en las palabras del Salmo 22: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Marcos 15:34). Aunque los lamentos expresan desesperación, también es una petición de cuentas a Dios y la afirmación de una justicia superior. 

El lamento ayuda a hacer soportable el sufrimiento mediante la formación de la comunidad, incluso cuando no hay "solución" posible.

El portavoz del JRS, que trató de proteger a los vendedores de yogur ante su jefe y les acompañó a los tribunales, recuerda que "los jóvenes que acompañamos nos lo agradecieron sinceramente" porque "habían sentido que se les reconocía como personas con dignidad". Este reconocimiento y respeto mutuo de la dignidad es el sentido esencial de la justicia y la base de todas las leyes y estructuras justas.

A pesar de que las leyes y los tribunales de Santo Domingo reforzaron las estructuras de la injusticia al no amparar las reivindicaciones de los trabajadores, la fidelidad de los miembros del JRS plantó pequeñas semillas de justicia que pueden echar raíces lo suficientemente profundas como para erosionar las estructuras desde abajo.

Cualquiera que sea el resultado social, el acompañamiento del JRS ya ha creado una nueva comunidad, ha alimentado el respeto mutuo y ha mitigado el sufrimiento de quienes ni siquiera estaban considerados como personas.

Juan Pablo II pidió a todos los cristianos que sacaran de la Eucaristía "la fuerza para comprometerse cada vez más generosamente" en "acciones en favor del desarrollo y de la paz en el mundo". Él nos aseguró que "nuestro compromiso personal, como el de Cristo y en unión con él, no será en vano, sino, sin duda, fructífero" (Sollicitudo rei socialis, n. 48).

A pesar de la verdad de estas palabras, la experiencia nos enseña que los frutos de nuestras acciones podrían ser pequeños y crecer despacio. Sin embargo, es posible seguir luchando dándonos aliento los unos a los otros, pues "toda conducta seria y honesta del hombre es esperanza en acto" (Benedicto X, Spe salvi, n. 35). La comunidad creada por una acción valiente y esperanzada riega las semillas de la justicia.

Dra. Lisa Cahill, Facultad de Teología, Boston College