La esperanza de Flabius
viernes, febrero 01, 2013


Había siete hombres y dos mujeres en ese tukul [edificio], y cada uno tenía su propia versión de la angustia de ese hombre tan querido. Ellos también habían perdido hijos; también vieron cómo la muerte segaba sus vidas atacándoles en medio de la noche y en pleno día, arrancando algo tan precioso de sus corazones. Esto forma parte del paisaje de la vida de un refugiado, Lobone, Sudán del Sur (Christian Fuchs / JRS)
Bruselas, 1 de febrero de 2013 - Cuando viajábamos hacia Morobi, se me informó que Flabius, el catequista jefe de la aldea, había perdido una hija, que había sido enterrada el día anterior. "Probablemente no estará en el seminario, padre, porque tenía un gran dolor. Era el único hijo que le quedaba".

Los catequistas no reciben dinero por su trabajo, y sirven pastoralmente a su gente de forma desinteresada de mil maneras: desde nacimientos hasta muertes. En África, son el corazón del día a día de la Iglesia católica, los pilares de la fe. Sirven con un profundo sentido de compromiso y amor por su pueblo y con una confianza inquebrantable en Dios.

Este buen hombre había perdido no sólo a su hija de veintiún años, sino que años atrás también perdió a su esposa y cada uno de sus siete hijos por la guerra o la enfermedad. Cuatro murieron en Sudán a manos de los soldados del gobierno cuando su familia huía de las hostilidades a mediados de los años noventa, y tres de malaria en la aldea fronteriza de Morobi, en Sudán del Sur, cerca de Uganda.

En cuanto a su última hija, Sabina, la causa de la muerte era desconocida. Enfermó y murió en 24 horas. Esto sucede en la selva, un día una persona se ve sana, capaz de realizar las tareas diarias en el pueblo y en la casa y al día siguiente se ha ido con su cuerpo fue abatido por un asesino rápido y eficiente.

En la capilla Morobi - una mesa y unas bancas de madera bajo las ramas de un árbol enorme - un grupo de jóvenes de la etnia nuer nos dio la bienvenida. Fue un saludo inusualmente contenido, un signo de respeto por su catequista, quien, a pesar de ser de la etnia bari, habla con fluidez el árabe, el segundo idioma de los nuer.

Flabius vino y se sentó a mi izquierda. Es un hombre frágil y canoso de unos 50 años, pequeño de estatura, con un rostro dominado por unos enormes y brillantes ojos.

Empezamos el seminario. Había un montón de preguntas y respuestas, y dramas para ilustrar algunos puntos. La gente iba mirando, de vez en cuando, a Flabius, en parte porque estaban preocupados por él, y en parte buscando su aprobación de lo que se estaba enseñando. Él asentía con la cabeza, pensativo.

Más tarde, después del seminario, Flabius, que había permanecido sentado en silencio mientras comíamos, pidió decir unas palabras. Hablando en su lengua natal, el bari, dijo algo parecido a esto:

"No tengo mucho que decir, hermanos, hermanas, padre. Esta última semana he sufrido mucho por la muerte de mi última hija; ahora estoy solo sin nadie que me ayude, excepto ustedes, por lo que les estoy agradecido.

Yo no tenía ganas de venir a las oraciones de hoy, pero tenía que confiar en Dios, venir y mostrarle todo mi dolor, con la confianza de que la Palabra de Dios paliará mi dolor en estos tiempos difíciles. He venido porque Dios es grande y sus planes, aunque ocultos para nosotros, son planes de amor para todos nosotros. Estoy aquí con ustedes, sabiendo que estar con mis hermanos y hermanas y contigo, Padre Gary, me dará fuerzas".

Nos sentamos en silencio durante un largo rato, dejando que la lluvia de sus palabras permease en la tierra de nuestros corazones. Y mirándonos a todos concluyó:

"No tengo nada más que decir. Rueguen por mí. Gracias".

Fue desgarrador. Había siete hombres y dos mujeres en ese tukul [edificio], y cada uno tenía su propia versión de la angustia de ese hombre tan querido. Ellos también habían perdido hijos; también vieron cómo la muerte segaba sus vidas atacándoles en medio de la noche y en pleno día, arrancando algo tan precioso de sus corazones. Esto forma parte del paisaje de la vida de un refugiado. Pero ninguno había perdido a sus ocho hijos.

Flabius sabía que todos le acompañaban en el dolor.

Estaba siendo testigo del Cuerpo de Cristo que sufría e impartía el ministerio a la vez.

¡Ese día, encontré a Jesús!

Al marcharme, mirando entre todas las manos que se agitaban y los rostros radiantes de la gente, vi a Flabius, de pie, a la izquierda, detrás de la multitud, diciéndonos adiós suavemente con la mano dibujando en su rostro una apacible sonrisa. Junto a él, dos hombres nuer cuidaban de su dolido hermano bari.

Gary Smith SJ, ex trabajador del Servicio Jesuita a Refugiados que sirvió en varios países africanos durante una década.