Esperanza a través del compañerismo
viernes, febrero 01, 2013


Los catequistas no reciben dinero por su trabajo, y sirven pastoralmente a su gente de forma desinteresada de mil maneras: desde nacimientos hasta muertes. En África, son el corazón del día a día de la Iglesia católica, los árboles más altos de la fe, Yei, Sudán del Sur (Angelika Mendes / JRS)
Bruselas, 1 de febrero de 2013 - "Estoy aquí con ustedes, sabiendo que estar junto a mis hermanos y hermanas y contigo, Padre Gary, me dará fuerzas". Son palabras de Flabius, palabras de dolor y esperanza tras la muerte de su hija, palabras de un hombre a quien la guerra y la enfermedad le arrebataron a su esposa y a cada uno de sus otros siete hijos.

Cuando las personas sufren un gran dolor corren el riesgo de aislarse, de convertirse en prisio-neros de su propio trauma, de quedar excluidos por aquellos que temen compartir su suerte, incapaces de comunicarse, a pesar de que desean sentir y oír que hay vida más allá del dolor. Esos son momentos en los que necesitamos que los demás entren en nuestro espacio y nos digan que hay buenas razones para que nos liberemos de las trampas del trauma.

Puede ser muy difícil, pero para quienes la esperanza es el único camino que queda para salir de la desesperación y la soledad, el primer paso es abrirse a otras personas que conocen el dolor sin ser su prisionera: amigos que padecen con ellos y que a la vez son capaces de percibir el mundo más allá del sufrimiento. El primer paso en el camino de la esperanza es llegar a ser consciente de que existen tales amigos, compañeros humanos que nos sacan de nuestro aislamiento.

Para todos nosotros, el primer paso es también convertirnos, como el samaritano piadoso, en amigos, acercarnos a nuestros semejantes sufrientes. La esperanza, como Flabius nos recuerda, trata de la vida en camaradería, de la amistad y de la construcción de comunidades en la profundidad de la vida compartida. Con dignidad, la esperanza revela que el sufrimiento no necesariamente aísla a la gente: puede convertirse en una fuente creadora de la vida profun-damente compartida que cambia nuestro ser.

La verdadera puerta de salida es ese primer paso para salir de la tentación del aislamiento y la autocompasión, no sólo para aquellos que sufren la exclusión, sino también para todos nosotros. Dichosos los constructores de comunidad que se atreven a proclamar, exigir y practicar este "salir del aislamiento", que confían en que la respuesta a nuestro sufrimiento llega a través de la presencia y la fuerza de los demás, de quienes nos rodean y nos quitan el venda de nuestros ojos.

La autoridad de Jesús de Nazaret y su impacto en la gente se apoyaba, en gran medida, imagino, en su capacidad para forjar amistades, su práctica en la construcción de la comunidad a través del desaislamiento, al compartir la suerte de los que sufren y de los excluidos, que entonces pueden convertirse en el alma de una vida renovada juntos.

Este es un esfuerzo multifacético. Requiere compasión con los que sufren y están en peligro de aislamiento, en particular cuando éste se activa o es mantenido por nuestras sociedades y comunidades. Implica confiar en aquellos que proclaman la visión de otro mundo posible sin violencia traumática ni exclusión. Mejor aún, busca en los signos de los tiempos, en los discretos acontecimientos en que la gente no cede a la tentación de quedar atrapada en un valle de lágrimas, y cuando se tocan los mismos recursos vitales.

El camino hacia esta nueva comunidad puede ser peligroso, ya que se enfrenta a estructuras de poder y a grupos que velan por sus propios intereses tratando de mantener el statu quo social, que traerá beneficios para algunos de nosotros, incluso cuando provoca el sufrimiento de los demás. La fuerte resistencia que Jesús experimentó durante su vida desde el mismo momento en que comenzó a atender a los excluidos, así como Su muerte en la cruz, nos advierten sobre estos peligros.

La autoridad de Jesús surge no sólo de las palabras y acciones a través de las cuales restaura nuestras comunidades abriéndolas a aquellos que tan fácilmente son excluidos, sino también de la proclamación de un sueño, el Reino de Dios, que a Él le gustaba comparar con un banquete del que todos juntos disfrutamos. Parece un sueño imposible, un horizonte que nunca se alcanzará, pero la fe de Jesús en un Dios que llegará de más allá del horizonte y lo hará realidad, es contagiosa.

Cuando formula la difícil pregunta "¿quién decís que soy yo", podemos llegar a compartir la gozosa esperanza que llevará a comprometernos para cambiar nuestra realidad rota, lo que nos convierte en soñadores que descubren la visión encarnándola a la vez que se convierten en amigos. También podemos llegar a experimentar el compañerismo con quienes nos encontramos como a Cristo en nuestro camino: los que comparten el lugar marginal de Jesús, Su sufrimiento traumático y, como esperamos, Su resurrección. Recibimos fuerza unos de otros, como un don de Dios en cada uno de nosotros, para todos nosotros.

Dr. Jacques Haers SJ, jesuita, miembro de la Facultad de Teología y Estudios Religiosos de la Universidad Católica de Lovaina